Los límites en el sexo son necesarios. Y también pueden ser prisiones. Hay límites que protegen — los que vienen de valores claros, de preferencias genuinas, de decisiones conscientes sobre lo que quieres y lo que no. Esos hay que respetarlos siempre, propios y ajenos. Y hay límites que aprisionan — los que vienen del miedo, de la vergüenza, de lo que otros dijeron que se debe o no se debe hacer.
Cómo saber cuál es cuál
Preguntarte de dónde viene el límite. ¿Es algo que decidiste tú, con información real y reflexión propia? ¿O es algo que aprendiste sin cuestionarlo — de la familia, de la religión, de lo que los demás hacen?
Los límites que vienen de la reflexión propia merecen respeto total. Los que vienen del miedo o la vergüenza sin base real merecen ser cuestionados — no necesariamente eliminados, pero sí examinados.
Expandir límites no es hacer lo que no quieres
Es muy importante la distinción: expandir un límite significa explorar algo que te genera curiosidad pero que una barrera interna te ha impedido considerar. No significa hacer lo que no quieres para complacer a la pareja. Esa diferencia es fundamental.
La expansión genuina viene de adentro. La presión viene de afuera. Solo una de las dos vale.
El resultado
Las personas que examinan sus límites y expanden los que eran prisiones — a su propio ritmo, con su propio consentimiento — casi siempre descubren una vida sexual más rica y más honesta. No porque hagan más cosas. Sino porque hacen las cosas desde la libertad, no desde la restricción.
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